martes, 25 de septiembre de 2012

La Avenida del Pánico es...

Básicamente, cuando uno sube a un colectivo que ya tiene todos sus asientos ocupados, existe una ley que indica que si vos te parás al lado de un asiento y lo mirás fijamente, el resto de los pasajeros entiende que te convertiste en el maestro universal y amo supremo de ese asiento (una vez esté completamente desocupado). La misma ley tiene otra variante, la cual indica que si te parás en una posición ubicada entre dos asientos, estás potencialmente variando entre dos posibilidades: o que tengas la chance de pertenecer a ambos, o que tengas la posibilidad de viajar parado todo el rato como un pelotudo.

Por lo general, es la segunda; así que no te lo recomiendo.


Creo que hasta ese gato viaja mejor que yo.


Podemos, por lo tanto, llamar a esta ley como la “Ley de posesión poética del asiento”.
Dicho esto, comenzamos con la entrada original. Colectivo, por estos días, es sinónimo de violencia. ¿Cómo es esto? Comienza en la parada, cuando uno llega y tiene que esperar. La cola de espera, por lo general, no está bien definida ya que los integrantes de la misma padecen de cierta primitividad que les impide situarse uno detrás de otro, como manda Dios.

Lo que sigue son los empujones para entrar al bondi, y los improperios que se efectúan si uno de los pacientes comete el grave y penado delito social de “colarse”. Una vez dentro del móvil, comienza una batalla sanguinaria por encontrar un lugar donde apoyar suavemente las nalgas. Por lo general, mucha gente suele perder la vida durante esta breve guerra, y la que logra sobrevivir se da cuenta de que tiene que viajar parado todo el tramo. Ah, eso sí: las embarazadas y los ancianos tienen que realizar otra nueva gran batalla holocáustica para conseguir despertar la cortesía de los sentados.

El constante sonar del timbre es el arma semiautomática que dispara contra el conductor, el cual, si no es una persona que suele tener autocontrol sobre sí mismo y su accionar, puede llegar a volverse loquito, sacar dos motosierras y empezar a serruchar a medio planeta. También, usualmente, es el timbre el causante de las barbaries que despiden los insultos y los maltratos verbales (y hasta físicos, en ciertos casos).

Luego estoy yo, que siempre me cago en todos y cada uno de los enfermos que toman el mismo colectivo que yo, sentándome primero, sacándole la lengua a las embarazadas y muriéndome de risa de los ancianos y la gente con discapacidades (soy muy tierno, ¿vieron?). Mi simpatía y cortesía para con los que me rodean dentro de esa cueva móvil, la mayoría del tiempo, están reducidas a cero. Recuerden que es una batalla, y el que pierde, pierde también la vida y el asiento.

Otra batalla de la que quiero hablar es la sexual. Para el momento que los lectores varones llegaron acá, se interesaron 200% (me juego la descendencia).


He aquí la razón de la caída de los hombres.


¿Qué hace que algunos bajemos la mirada ante los ojos femeninos, y algunos no? ¿Qué hace que, durante unos días, parezcamos cancheros para ganárnoslas a ellas y después no podamos sostener la farsa? ¿Cómo carajo un pibe puede tener a tantas detrás, y una mina tener a tantos a sus pies? ¿Cómo se hace para conquistar el terreno de Dios, el laberinto estelar de lo profundo, el siseo de la lengua y el estrechar de los labios sublimes?

Voy a acotar una última cosa y lo dejo como tópico de la siguiente entrada: ¿puede uno evadir la soledad empleando máscaras que se descartan al usarlas? Y su pudiera, ¿cuánto le dura la felicidad?

A saber uno…

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